Recién, alguien (feminista) de mi vida, me cuestionó sobre mi defensa del anonimato en twitter en función de dos situaciones: a) el hecho de que hubiese sido denunciado falsamente en #metoo, y b) el hecho de que hubiese denuncias sobre situaciones no-graves (no son sus palabras, intento atribuirles un sentido) en twitter de cosas que pasan al interior de la CDHCM (CDHDF) que, sólo por el contexto actual, se podrían considerar graves. El énfasis lo puso en el daño personal de haber sido acusado en #metoo.
En ese momento, en la discusión, creí haber señalado mis puntos para defender el anonimato en redes, sin embargo, después pensé que no había sido lo suficientemente claro. Así que aquí estoy, también para aclararme a mí mismo.
Los estándares de derechos humanos reconocen ya el valor del anonimato en redes como parte de la libertad de expresión. A partir de ellos podemos encontrar las respuestas que buscamos para abordar el problema de si las acusaciones falsas podrían justificar combatir o demeritar al anonimato. Adelanto, a mí me parece que no.
En la valoración de la acusación que se me hizo en #metoo, había dos temas que me parecían relevantes: la necesidad de que se cumpliera con el deber, en la libertad de expresión, de un mínimo esfuerzo de veracidad y la necesidad de reconocer que los movimientos sociales pueden adquirir una forma de resistencia o ejercicio de poder, donde los términos establecidos desde ddhh no les fueran relevantes. Es decir, como en el caso de #metoo, que la mínima veracidad exigida en el marco del derecho a la libertad de expresión no les importase. Así, por ejemplo, pudieron fungir como parte y juez sin considerar si la parte acusada tendría algo qué argüir, como cuando quienes gestionaron las cuentas de #metoo en México, o quienes fueron parte directa o indirectamente de esta movilización (en particular, me parece, todos o la mayoría de los feminismos) no dieron oportunidad de controvertir las acusaciones y las asumieron como verdad.
Entiendo que no les fuera relevante si era verdad o no la acusación, incluso llegué a leer algún tuit que decía que si no eran verdad las acusaciones que se hacían en #metoo no importaba, ya que seguramente alguna otra cosa habrían hecho los hombres (¿onvres?) denunciados. Así que esto sería de cualquier forma compensatorio. Pero también me preguntaba si en realidad lo que querían construir era un contexto donde no importa comprobar nada, donde la creencia de que alguien hizo algo debía ser suficiente para adjudicarle consecuencias. Si la reflexión de los diversos feminismos en verdad estaba convergiendo en eso.
Sin embargo, en verdad creo que esto no depende del anonimato de las cuentas y, por ello, no se requiere restringir la libertad de expresión. La sociedad en las redes no puede tomar el lugar de la sociedad en las instituciones. Las instituciones son las que deben adjudicar las consecuencias y no las redes. Si tomamos por cierto lo que se dice en redes, en lugar de tener la posibilidad de que las instituciones arrojen los resultados de una investigación sobre los hechos, y eso nos genera la idea de que el problema son las expresiones y la desesperación de las personas en lugar del funcionamiento de las instituciones, vamos a ser cómplices del «mal» que, se supone, pretendemos combatir. Limitar la libertad de expresión (el anonimato de las denuncias) no es ni de cerca una alternativa; en lugar de ello, necesitamos lograr que las instituciones funcionen. En particular, aquellas que tienen a su cargo la investigación de hechos ilícitos: como son las violaciones de derechos humanos o, también, los delitos. Hoy, más que nunca, tenemos, ya, que tener claro que sin investigación no habrá derechos humanos. Los derechos humanos serán simple retórica.
El anonimato es esencial. No importa si me denunciaron falsamente o no. Es la vía para que millones de personas tengan potencialmente la posibilidad de expresar cosas que les preocupan y que para otras personas les pueden parecer irrelevantes (seguramente por su mejor posición social). El anonimato es, quizá, la máxima y última posibilidad de inclusión en la sociedad. No puede ser eliminada. Al contrario, debe ser potenciada tanto como podamos. Y para que funcione necesitamos además generar mecanismos institucionales que no lo mediaticen, sino que puedan responder a las realidades así denunciadas.
Lo dicho, ¿incluye la segunda parte del problema —que situaciones menos graves sean equiparadas con otras más graves—? De nuevo, me parece que esto no sería parte del problema el anonimato sino de cómo se reciben esas acusaciones en el entramado categorial de quienes validan los contenidos, en este caso, de las reivindicaciones desde esa amplia movilización. En todo caso, si no se puede validar el trabajo categorial realizado desde las instituciones, pareciera normal que ese trabajo fuera llenado por la movilización. Así que, me parece, de nuevo estamos en el problema de fondo, ¿se quiere que las instituciones funcionen? ¿Qué estamos haciendo para eso?
Quienes sólo se suben a «dirigirlas» para servirse a sí mismxs o a sus grupos políticos, quienes sólo trabajan lo necesario para posar, quienes desde dentro de las instituciones actúan en contra de que estas realicen su trabajo; estas son las personas que, en me perspectiva, deberían ser el objetivo directo a combatir. Y el anonimato de muchísimas personas, denunciando incluso desde dentro de las instituciones, sin duda, ha sido uno de los vehículos más importantes para que esto pueda suceder.
Quienes se animan a ser anónimos nos dan vida. «Qué importa quién habla», decía Foucault.
