Inquietudes de izquierdas, la crítica

De niño mi familia apoyaba causas populares y creía en las opciones políticas que surgieron con el FDN y luego el PRD. Mis padres no militaban en organización o partido, tampoco tenían una formación estricta de izquierdas; simplemente tenían un ánimo solidario, cierto tipo de conciencia social, raíces que venían de sus pueblos y una cultura que adquirieron en la UNAM.

Fuimos a marchas, llevamos cooperación, leían La Jornada. Mi madre tenía una inquietud natural (la que más en toda la familia) para documentarse, sus opiniones siempre estaban sustentadas y su empatía con la gente emanaba. Mi padre siempre tenía su espíritu solidario, a prueba de sí mismo, y su capacidad de jamás traicionar a alguien.

Yo era un niño que aprendía de esa empatía y solidaridad, pero, por alguna razón, ingresé en la vía de la indiferencia. Cuando sucedió la masacre de Acteal, mi mamá lloró muchísimo. Le dolía como pocas veces le había visto. Ella me comentó algo sobre el suceso y yo sólo supe decir que no quería saber porque, si no iba a hacer algo, prefería no saber. No recuerdo mucho más.

Allí, en mi familia, aprendí la crítica. Con mi papá aprendí la importancia de argumentar. También a argumentar algo acaloradamente y a reconocer, por acalorada que fuera la situación, cuando simplemente quedaba demostrado que no era razonable mi argumento. Aprendí que la crítica era fundamental; casi que, sin crítica, realmente no había lo que creyésemos que hubiera. Ahora diría algo así como que sólo la crítica hace que las cosas sean reales, sólo la crítica constituye la realidad.

Quizá la necesidad de la crítica se volvió esencial a mi forma de ver la realidad porque, ya adolescente, estuve en un proyecto sobre educación sexual para jóvenes, en donde también aprendí que, incluso lo que parecía ser más natural en mí, no lo era. En esas fechas conocí algo de Foucault, sobre la sexualidad, y le entendí casi nada. Luego vino la Huelga 99-2000, las inquietudes por el zapatismo, y simultáneamente más Foucault, sobre el poder, y lecturas sobre la izquierda y desde la izquierda. Y, de alguna forma, lo aprendido en ese camino me llevó a pensar que sin crítica a (y autocrítica de) la «izquierda», no existe la izquierda. Es otra cosa, no sé qué es, pero no es lo que puedo entender como izquierda.

Las limitaciones en la vida cotidiana (temporales y espaciales) a veces imponen la necesidad de tomar decisiones para lograr que, al menos, exista una praxis. Las discusiones casi siempre terminan por verse acotadas por la necesidad práctica. La praxis, y no el temor a la crítica, me parece la única situación legítima para que la crítica se vea acotada naturalmente. Después de eso, no veo cómo alguien o algo, como un proyecto, pueda autodenominarse de izquierda sin fomentar la crítica.

Sólo quería dejar constancia de esto.

@cuhtrl

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